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Me encanta caminar. Me gusta buscar todo aquello que aún no he visto y comprobar que existe, saber que no solo está en mi imaginación, que también ocupa un espacio físico. Necesito acercarme a las cosas, tocar con las manos lo que mis ojos intuyen a lo lejos. Me gusta fijarme en todos esos detalles que suelen pasar desapercibidos, no me incomoda el silencio, no me aburre esperar que la luz cambie si así creo que puedo mejorar la toma, no me cuesta trabajo llegar a un lugar antes del amanecer si pienso que la primera claridad del día puede crear un clima especial, no tengo problemas en sentarme durante un largo rato a escuchar como chocan las olas contra un acantilado si eso me ayuda a reflejar una atmósfera concreta en una imagen.

Leí en una ocasión que una fotografía bonita puede gustar, pero que una fotografía sublime puede conmover. Yo, en realidad, no aspiro a realizar fotos sublimes, ya me gustaría, pero esta frase siempre me recuerda que con un poquito más de esfuerzo y una pequeña dosis extra de observación y sensibilidad, puedo llegar a atrapar parte de la energía que me transmite un lugar, de las características especiales que lo hacen diferente a otros, de las particularidades que han hecho que esté allí, que lo haya elegido.

Tengo que reconocer mi debilidad por los lugares algo aislados, lugares tímidos, esos que no te muestran su grandeza de una manera gratuita, que te exigen una intensa labor de búsqueda física y mental, que no te dan nada sin esfuerzo. Siempre que salgo de viaje, intento no perder nunca esa infinita pasión por los detalles pequeños, por los reflejos, por el vaivén del agua, por las rocas caprichosas y por los momentos efímeros, esos que si te los pierdes, ya no vuelven. Y así trabajo, con ganas de demostrarle a los lugares que visito que soy merecedor de conquistar sus encantos, que no me rindo fácilmente y que si existe algo más emocionante que encontrar rincones mágicos, es el simple hecho de buscarlos, y que si hay algo más excitante que conseguir la foto deseada, es el hecho de recorrer el camino que nos ha llevado hasta ella.

Supongo que hago fotografías porque las cosas que quiero contar, solo podría transmitirlas a través de ellas. No sabría expresar esas experiencias, esas sensaciones o esos placeres de otra manera. La interpretación que cada persona haga de las imágenes que capturo no está en mis manos, pero sí puedo intentar captar su interés, pensar que puedo retener durante unos segundos la atención de sus sentidos y contagiar a esos espectadores de la complicidad, la melancolía o la felicidad que me transmitió ese lugar y el tiempo que pasé allí.


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© 2019 Miguel Puchecreado en Bluekea